Objetivo y adjetivo, una difícil convivencia

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Los libros de estilo de las agencias de información y de los diarios, así como los manuales de redacción periodística de cadenas de radio y televisión, se ocupan de subrayar cómo deben redactarse los diferentes textos. Así, para el tipo de texto denominado información o noticia se establece que deben comunicarse hechos, no ideas, razón por la que los redactores tendrán que actuar con diligencia y ser cuidadosos en la utilización de calificativos y huir de ellos en las informaciones. La objetividad obliga a emplear la adjetivación con sumo tacto, ya que mediante ella podrían hacerse patentes los puntos de vista particulares de los redactores. No se trata de limitar el empleo de los adjetivos, sino de supeditarlos a las necesidades de una información en que la subjetividad ha de estar permanentemente controlada.

El periodista debería, pues, limitarse en estos textos informativos a transmitir hechos y a abstenerse de manifestar sus ideas personales sobre los hechos. El tono general de la escritura será la neutralidad. De ahí la recomendación de evitar el uso de palabras valorativas, ya que tales palabras refieren a la vez un hecho y un juicio de valor.

Así tendría que ser, pero la realidad es otra.

Aunque las recomendaciones de los manuales de estilo sean válidas, hemos de admitir que la pretensión de dar a conocer los hechos sin ninguna carga valorativa es poco menos que utópico, puesto que la mera selección de las informaciones que se van a publicar y la importancia que se les dé –número de palabras del texto, centímetros cuadrados que ocupa, tiempo de emisión, etc.– son de por sí criterios de valoración. Es inevitable. La simple descripción que cada día hacemos de los hechos que conforman nuestro entorno inmediato está colmada de apreciaciones de las que no siempre es fácil desgajar los componentes subjetivos. El empleo de términos como robo, malversación, tortura, fraude, acoso, violación, secuestro, violencia, allanamiento y muchas otras nos hace considerar de manera negativa esos casos. Todas las palabras que están relacionadas con acciones humanas tienen connotaciones y hay que usarlas como palabras normales. Si huimos de ese empleo normal, porque entendemos que tienen una carga peyorativa y recurrimos a los eufemismos –de los que hablaremos más tarde–, estaremos corrompiendo el lenguaje y engañando a los receptores del mensaje, porque lo que les hacemos llegar es la verdad falseada.

Quien se considere totalmente neutral se miente a sí mismo y a los demás. No existe la neutralidad absoluta; eso es una quimera, un espejismo. Es imposible sustraerse a valorar los hechos que conocemos, siquiera íntimamente, ni permanecer ajenos a lo que de negativo o positivo tiene el mundo que nos rodea; ni se puede ni se debe. Ésa es –o debería ser– una de las responsabilidades de los medios de comunicación y de los gobernantes: ser objetivos para lo bueno y para lo malo, algo ciertamente difícil, pero aun así es menester empeñarse en conseguir la mayor objetividad posible en las informaciones que se hacen llegar a los ciudadanos. Bien es cierto que nadie puede despojarse de su subjetividad, porque es imposible limitar la libertad de pensamiento, pero la responsabilidad de los medios de comunicación –y de los poderes públicos– es tratar los hechos con rectitud de intenciones y nunca deformarlos ni mostrarlos de manera tendenciosa.

No cabe duda de que el lenguaje tiene una dimensión ética, pero existen múltiples formas de lesionar el derecho que tiene el receptor a recibir una información veraz, sin sesgos mendaces ni ocultaciones ni encubrimientos bastardeados de la realidad.

La prensa es capaz de crear realidades y de sustantivar lo inexistente. En ello reside su fuerza y su poder. Basta que algo aparezca en un periódico, en una emisora de radio o en la televisión para que ese algo cobre realidad aunque no exista, aunque sea una patraña. Las hemerotecas están llenas de ejemplos.