Las fortalezas de una ciudadanía responsable

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Cuarta consideración: La triple crisis económica, institucional y social también es una crisis moral que ha de cuestionar a fondo los valores que la han precipitado, proponiendo un nuevo círculo virtuoso impulsado desde una ciudadanía más crítica y responsable.

Se nos dice que todos hemos vivimos muy por encima de nuestras posibilidades, lo cual no es cierto si con ello se quiere responsabilizar de la crisis a los ciudadanos corrientes. Hay una clara jerarquía de responsabilidad, en cuya cima están las élites de codicia que han actuado sin ninguna ética ni moral, aunque muchos de ellos profesen la fe cristiana o se hayan formado en las altas escuelas de negocios. En paralelo hallamos otra jerarquía o pirámide de sacrificio, cuya base inferior está formada por familias que se han quedado sin recursos, sin trabajo y sin vivienda. Muchos de ellos provienen de las clases medias y han sido pequeños emprendedores que hipotecaron sus redes familiares y con esta crisis han caído todos ellos en el peor atolladero.

Ahora padecemos el empobrecimiento y el súbito descenso social. Es la consecuencia no querida o imprevista por haber permitido la desregulación financiera. La industria financiera global nos ha inundado de crédito fácil y también de créditos de alto riesgo y productos complejos, que han actuado de combustible inflamable de la “burbuja”. Todo un ceremonial de irresponsabilidad organizada –como diría Ulrich Beck– en el que no ha habido ni supervisión ni prevención. Tal y como se ha demostrado, la codicia extrema de unas minorías es la negación de todos. En el cénit de la arrogancia, hubo economistas que crearon en 2005 el concepto de “plutonomía” como un ideal de nuevo gobierno de los super-ricos ante una democracia empequeñecida y sin casi derechos.

La economía especulativa acabó instaurando la cultura del pelotazo como un sistema de valores que prestigiaba el éxito del enriquecimiento rápido, el consumismo fácil y el darwinismo más individualista. Ese individualismo posesivo erosionó las relaciones comunitarias y solidarias, pero ahora recula en favor de su contraparte con la reaparición del sentido colectivo, la ayuda mutua y la cooperación, tal y como destaca Richard Sennet. Ese movimiento pendular lo han protagonizado las clases medias, que ahora redescubren la necesidad de cohesión social y de rearme moral bajo nuevos principios: el castigo a corruptos y corruptores, la gobernanza eficiente, la transparencia política y la justicia social. Son valores más potentes, asumidos por una ciudadanía más crítica e irritada, que ahora reclama una nueva arquitectura de la responsabilidad.

Una nueva arquitectura que comienza por pagar los impuestos y asumir nuestra responsabilidad fiscal como conciudadanos de una comunidad. Las clases medias mayoritarias, pero frágiles, son las que soportan la mayor carga del sistema fiscal español a través de su trabajo. Tenemos un modelo tributario poco eficaz que recauda menos que Grecia, con un 36% del PIB y muy por debajo de la media europea (46%), aunque mantengamos uno de los tipos de IRPF más elevados de Europa. Los grandes patrimonios y las grandes compañías quedan exentos de un mayor esfuerzo fiscal y el Estado se resiente por ello con menos ingresos. Se socializa un modelo injusto e irresponsable que denota la poca implicación de los grandes patrimonios con el devenir marchito del país. Mientras en otros países los más ricos han propuesto que se les suban los impuestos –como pidieron Warren Buffet o Bill Gates, por ejemplo–, aquí no hemos tenido una muestra similar de responsabilidad moral.

Una nueva arquitectura de la responsabilidad supone también reducir el exceso de economía sumergida, que se mantiene en torno al 25% del PIB y que perjudica a los sectores y profesionales que sí cumplen sus obligaciones y las reglas del juego manteniendo los cimientos del bien común. Basta ya de elogiar el fraude, la picaresca y las trampas ventajistas por el provecho propio. Son rasgos culturales que restan. Hay que trabajar y ser competitivos cumpliendo las reglas de juego. Sin engaños ni maquillajes contables de ningún tipo. ¿Cómo nos pueden ver en Alemania cuando en España consentimos las deudas millonarias de los clubes de fútbol con el Estado mientras compiten con equipos europeos cumplidores de sus obligaciones fiscales? ¿Cómo podemos cambiar la imagen externa y la marca España cuando desde fuera perciben que no nos tomamos en serio las reglas del juego?

Una nueva arquitectura de la responsabilidad ha de implicar también al sector financiero para resolver el drama de los desahucios. ¿Podemos consensuar que ninguna familia de ingresos medios y bajos pague más del 20% de su renta por las hipotecas contraídas? Sólo esa medida podría liberar más de 40.000 millones que contribuirían a reanimar la demanda interna. La emergente sociedad civil que se mueve por las redes sociales digitales está formulando multitud de nuevas propuestas alternativas que merecen ser escuchadas y atendidas. La perplejidad, la decepción y la indignación son colosales y remiten a una reflexión en profundidad ante los excesos cometidos y los injustos costes repercutidos después.

La prolongación de cuatro años más de crisis, anunciada por Ángela Merkel en la cumbre de Davos de enero de 2013, parece confirmarse desde diferentes agencias y observatorios. El escenario poscrisis nos puede situar en 2017 con el nivel de riqueza según el PIB de 2007 y con el nivel de empleo de 2003. Una gran recesión traducida en más de una década perdida y una dualización social sellada con el mayor incremento de las desigualdades sociales de la historia reciente. Un castigo inmerecido para todos, especialmente para los jóvenes y las nuevas generaciones, a los que dejamos una mala herencia. La pirámide de sacrificios que produce la crisis económica y las políticas de austeridad están socavando el modelo de cohesión social y, por ello, se requiere un gran pacto fiscal y social que redistribuya los costes de la crisis. ¿Estamos dispuestos a pactar una nueva arquitectura de la responsabilidad entre capital y trabajo, entre representantes y representados, entre grandes patrimonios y desahuciados, entre cumplidores éticos y aprovechados?

Una nueva arquitectura de la responsabilidad también supone un nuevo pacto moral que empodere y responsabilice a los individuos y a la sociedad civil al margen del Estado. No todo bien público ha de ser asumido y garantizado por el Estado. El altruismo y la función cohesiva que desempeñan el tercer sector o el voluntariado es un claro ejemplo del amplio espacio de acción y compromiso que se abre para que los ciudadanos contribuyan al bien común. Quizás hemos heredado del franquismo, por sus propios excesos y defectos, un pronunciado paternalismo que nos hace esperarlo todo del Estado benefactor.

Las nuevas teorías de la predistribución siguen defendiendo la necesidad de mantener sistemas públicos de bienestar, pero añaden una nueva función del Estado como instrumento preventivo de las desigualdades para que el posterior gasto social y redistributivo sea menor. De aquí la importancia que tiene el diseño institucional del sistema educativo o la política de becas para compensar las desigualdades de origen. Así como las políticas laborales que procuran sueldos dignos y condiciones más estables de trabajo o los programas de reparto del tiempo de trabajo en contextos de alto desempleo. Generar menos desigualdad es predistribuir de forma más eficaz para que la posterior redistribución sea más efectiva y mejor focalizada. Equidad, eficiencia y excelencia han de ser objetivos compatibles y viables del sistema educativo, del sistema laboral y del sistema de bienestar.

Una nueva arquitectura de la responsabilidad supone también que cambiemos nuestras pautas horarias y la mala gestión del tiempo. Hace falta racionalizar los horarios para adaptarnos al huso horario de Greenwich que nos fue cambiado en 1942 contra toda lógica y tradición. El desorden horario y la mala gestión del tiempo que mantenemos por inercia cultural nos restan eficacia, productividad y posibilidades de conciliación familiar. Racionalizar los horarios supondría un cambio de hábitos sociales y un mayor impulso para optimizar el tiempo personal. Más tiempo para dedicarlo a la familia, para leer y cultivarse, para mejorar la cualificación profesional o para participar más y mejor en la vida asociativa y en la vida política. Más tiempo para fortalecer las relaciones de mutua confianza y forjar una vida comunitaria más rica y plena.

Tras diez largos años de sensibilización por parte de la Comisión Nacional para la Racionalización de los Horarios Españoles, parece llegado el momento para resolver esta incómoda herencia. ¿Tendría un impacto positivo a escala internacional anunciar el cambio de huso horario de España acompañado de todo un paquete de nuevos consensos y medidas regeneradoras? ¿Estamos preparados para dar tantos pasos de envergadura que transmitan como principal mensaje esta nueva arquitectura española de la responsabilidad?

En suma, llegar a acuerdos de mutua responsabilidad crearía las dinámicas de un nuevo círculo virtuoso y beneficioso para todos, superando muchas de las patologías y deficiencias que ahora nos indignan. Supondría un rearme moral y toda una respuesta reflexionada y consensuada a una crisis que ha transformado nuestras vidas y nuestro porvenir.