Inmigración y estructura de clases

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Difícilmente se puede entender la evolución reciente de la estructura de clases en España o su distribución actual sin tener en cuenta el impacto que en ella ha demostrado tener la masiva afluencia de inmigrantes llegados al país en la primera década de siglo XXI. La mayoría de estos inmigrantes que se han establecido en España se ajustan bien a la definición del llamado inmigrante económico, alguien que cambia de país en busca de mejores empleos, condiciones de vida más favorables y más oportunidades de promoción social que las que él o sus familiares pueden conseguir en sus países de origen.

Una parte considerable de estos inmigrantes económicos, especialmente aquellos que provienen de países con bajos niveles de desarrollo, se ha integrado en los nuevos puestos de trabajo de baja calidad (escasos requisitos de cualificación, salarios bajos, desfavorables condiciones contractuales, poco prestigio social, reducidas posibilidades de movilidad ascendente) que el prolongado crecimiento económico de la economía española ha generado en sectores como la agricultura, la construcción, la hostelería o los servicios a los hogares. Dadas las características de los empleos que han ocupado, la ubicación de los inmigrantes en el mercado de trabajo español no es comparable a la de la fuerza de trabajo autóctona. En general, los inmigrantes desempeñan trabajos de calidad netamente inferior a los de los españoles y, en consecuencia, forman parte de las clases que se definen por las relaciones de empleo, las situaciones de trabajo y los estatus de empleo menos ventajosos. Por eso, el fenómeno de la inmigración no ha sido neutral para la distribución de las clases en España, sino que ha hecho aumentar –o ha impedido que disminuyan– las clases trabajadoras que se sitúan en los peldaños más bajos del sistema de estratificación.

En lo que se refiere a la inmigración, el cambio que ha experimentado España sólo puede calificarse de espectacular. Aunque las migraciones no son un fenómeno nuevo en nuestro país, al menos en los dos últimos siglos la experiencia predominante ha sido la emigración. Las últimas migraciones internacionales importantes que conocieron los españolesarrancaron a finales de los años cincuenta, cobraron intensidad durante la segunda mitad de los años sesenta y disminuyeron rápidamente a partir de 1973-1975. El destino preferido fue Europa, donde los emigrantes españoles llegaron a ser muy numerosos, superando el millón en algunos momentos. La finalización abrupta de los flujos hacia Europa a raíz de la crisis económica de mediados de los años setenta dio paso, a comienzos de los años ochenta, a una situación básicamente estable caracterizada por unos saldos migratorios muy reducidos. Como consecuencia de ello, al filo del nuevo siglo, España era uno de los países europeos con menor proporción de inmigrantes, una situación que iba a cambiar radicalmente durante el decenio siguiente.

En efecto, al inicio del siglo XXI la situación cambió de forma tan súbita como drástica. Para hacernos una idea de la magnitud del fenómeno migratorio en España conviene examinar algunas cifras básicas. En 1998 vivían en España poco más de un millón de nacidos en el extranjero, junto a una población de 38,7 millones de nativos españoles. Los nacidos en el extranjero –que, por tanto, eran de una u otra forma inmigrantes– constituían una fracción muy pequeña de la población total del país (2,9%), lo que situaba a España como uno de los países europeos con una de las tasas de inmigrantes más bajas, muy lejos de países de mucha mayor tradición inmigratoria como Alemania, Francia, Holanda o el Reino Unido. Una década después, en España vivía una cifra muy próxima a los seis millones de nacidos en el extranjero, junto a 40 millones de nativos: la proporción de inmigrantes se había elevado desde aquel exiguo 2,9% hasta el 13,1%. El crecimiento de la población inmigrante, que aumentó en casi cinco millones de individuos entre 1998 y 2008 y que siguió creciendo, aunque a menor ritmo, en 2009 y 2010, sólo se puede calificar de impresionante (ver gráfico).

Gráficos 6 – Evolución de la población residente en España nacida en el extranjero. En miles. 1998-2011

C5-G06

Fuente: Elaboración Fundación Encuentro a partir de datos INE.

El impacto puramente demográfico del cambio pone de manifiesto de forma muy rotunda la importancia que ha adquirido el fenómeno migratorio en el país. Mientras que la población de los nacidos en España creció entre 1998 y 2008 un modesto 3,6% (es decir, a una tasa anual del 0,35%), la población nacida fuera de España lo hizo un 511% (a una explosiva tasa anual del 18%). Este ritmo de llegadas tuvo su punto culminante en los años 2000 y 2001, aunque en términos absolutos las entradas en 2007 fueron las más cuantiosas. En cualquier caso, el resultado es que las llegadas de inmigrantes dan cuenta del 78% del crecimiento de la población española en el período 1998-2008. Como consecuencia, España ha contribuido decisivamente al crecimiento de la población inmigrante en Europa durante estos años.